viernes, 11 de enero de 2019

Alguna vez una flor.

En el recinto familiar
rige tu lejana presencia,
entra en rayo de luz, transformada
por la metamorfosis de tu ocaso
en celeste cuerpo refulgente.

Tu luz inunda las sombras de mi aposento,
buscando tu mirada en el crepúsculo de la tarde,
desde la distancia en sus colores marinos y acres
en el espacio vacuo de tu sitio.


Partiste a tu sueño celestial,
cuerpo trasmutado en auroras y crepúsculos. 
Las madres cuando mueren
se tornan jóvenes, así te vi, al encontrarte
caminando juntos, por entre las Cayenas
del tiempo, por una vereda
y sobre la arena del camino.

El crisol de tu mirada me mira
desde las dimensiones insospechadas
del silencio de tu ausencia,
solo inmensamente solo,
tu recuerdo me enluta
y en tu fulgor me refugio.

Este tósigo amargo
que me consume, es fruta
de tus lágrimas, de tu dolor sentimentalmente
vestido de ataúdes y añoranzas,
me duele el dolor de tu dolor
en los días tristes del Octubre fatal. 


JLReyesMontiel. 




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