¡Ay Paraguaná!
Si supieras de
nuestros dolores,
tus cujíes no
llorarían aquel Vals
por alegrarnos el
corazón.
Esta noche oscura es
un gran mar,
donde la Luna
taciturna juguetea
su resplandor en el
camino.
Las nubes trascienden
dibujadas
por las estrellas
asomadas
y veloces a nuestro paso,
ante el
cenit azul profundo,
surcando la brisa
constante y serena,
deambulando por entre
la espesura
xerófita de la tierra
agreste,
tan patrimonial y
nuestra.
Entonces un hito
en el
horizonte salobre emerge,
en toda
aquella húmeda
y seca bastedad,
es
una formidable fortaleza
de arcanos
sobrevivientes
de alguna isla remota
y perdida en las centurias,
es el Santa Ana
ancestral, flanqueado
por aquella luminaria
de la noche estrellada
en su plenilunio,
señalando
cual faro inaccesible
el rumbo hacia el punto cardinal norte
donde la costa de un Caribe
azul e
inmaculado baña
la enorme cabeza
Paraguanera.
Paraguaná,
bien querida
eres por tu hijos,
vencerás la ignominia
de la afrenta vil,
la mancilla a tu brisa
virgen,
la traición del canto
de Primera,
de aquel epónimo
y
Libertador jinete
sobre su caballo
blanco,
que bajó del cielo
en un extraño
sortilegio de los astros,
disipando el dolor
mayor
de los niños sin parto.
Paraguaná,
atávica y tan nuestra,
esplendida y bella,
luces en tus centurias
más sola que nunca
al norte de esta
Venezuela prodiga,
pero renacerás junto a
ella,
porque todos los
amores del terruño
están hechos como
madres,
pariendo en el corazón
de tus hombres.
JLReyesMontiel.


