Cuando carajito, mi espíritu
colmado de gozo,
colmado de gozo,
supo imponerse a la tarde triste,
ante la soledad de los espacios
en sus albores de mocedad florida
de la vereda de ensueño, donde
las cosas más humildes alcanzan
matices inusitados, ante la inexpresable
presencia de mis pensamientos.
El camellón de la casa es un tren,
que me conduce rasante bajo la lluvia
en su olor de naturalezas escondidas,
las selvas y sus montañas aromatizan su esencia
y se despoja en verdes atavíos sobre las hojas,
clorifilando el sol, saturando la energía vital
de la lluvia en las entrañas de los árboles.
Un sonoro canto y el picoteo de un pájaro
desde el viejo árbol recrudecen mi nostalgia,
como un llamado el infinito me inspira,
deambulando los rincones de mi casa,
encuentro a la hora de la siesta
los postigos de las ventanas cerradas
dejando penetrar rayos inertes de luces
que en destellos enfocan detalles del losar del piso.
Las caprichosas imágenes surgen alegóricas
convirtiéndome en el expectador de un arte
inmuto sobre las baldosas, describen en sus figuraciones
los secretos de la vieja casa de habitación.
Cae la tarde, caen los árboles
cuando el Sol declina en sus sombras
proyectadas sobre el pavimento del patio
que desde el corredor de la casa diviso
y desde sus ramas abrazadas las chicharras
entonan sus oraciones, su concierto le da tono
al mutismo de la tarde y así obscurece
entre los vuelos rasantes de pequeños quirópteros,
cuquillos de la noche y el yermo crepuscular,
que al cielo saben demarcar con su veloz vuelo
tras el insecto indefenso, y así la noche
entre la tierra y el cielo, entre el viento
y el paso de las nubes el brillo del día mengua
y adquiere sus tonos ingenuos de inquietud y tristeza,
detrás del musitar de las chicharras
el silencio zumba en mis oídos.
Llega plenilunar la noche
con sus rasantes nubarrones
la luz de la Luna demarcan sus sombras
en el patio el viento las dispersa del norte al sur
en gala ingenua, despejando el cenit
y revelando las estrellas en su titilante presencia.
Otro día más, y en el patio de la casa
una siniestra silueta, del Sur al Norte se levanta
en un torbellino de nubes grises se concentran
y con su presencia impregnan de humedad sus contornos,
el suelo deja exhalar sus olores de raíces y tierra agreste.
Las puertas y ventanas se baten al ritmo de las hojas
y las ramas de los árboles agitadas al conjuro del viento,
sin cesar se baten en armonioso conjunto
llenando con el susurro de la ventisca,
fantásticas melodías con la música espectral de la tormenta.
Sobre mojada la arena desde los enlozados
el agua inunda las cantaras de las matas
y abren surcos en la tierra como ríos
en el microcosmos geográfico de mi patio
de mil sueños de niño, es entonces cuando
los espacios se pueblan con peces de colores
y los grillos dentro de motas de nubes
caen desde el cielo dentro de sus biosferas,
una planta, un grillo y dos o tres peces en su interior retozan.
Otros peces en el ambiente flotan,
suspendidos en el vacio del espacio aletean
y se desplazan entre las gotas del aguacero,
en ese momento lo onírico se vuelve surrealista,
reunidos en sus múltiples matices de colores,
como un tapiz primoroso, forman en tumulto
un Arco Iris que desde la tierra al cielo se levanta,
y un trueno estremece los cimientos de la Tierra
y un relámpago alumbra desde oriente a occidente,
deslumbrando las montañas, las sabanas y las selvas.
Desde el portal de la casa
y entre sus dos ventanas
mi madre está sentada en el taburete,
la tormenta pasó y ha dejado en la atmósfera
un recóndito silencio como de mil chicharras.
Yo desde la ventana de mi casa
miro el entorno inundado, en la calle
el agua de la lluvia no ha dejado de correr,
los árboles dejan caer sus ramas sobrecargadas de agua,
el jardín de la casa es una charca inmensa,
desde el patio la hierba emite sus olores propios
y las flores silvestres concentran sus tonalidades
engalanando la soledad del paisaje.
Miro al cielo con tristeza
y recuerdo el rostro de mi padre muerto,
tras las nubes el cielo despejado asoma los rayos del astro rey,
y una alegría infinita inunda mi alma,
la tarde abre así sus cortinas y la luz se concentra
en las guirnaldas de agua que colgadas de las hojas
adornan con sus destellos el verde horizonte de árboles,
las amarillas flores y las rojas, carmelitas y cayenas,
son un marco al verde vegetal alimentado
por el sustrato mineral disuelto por la lluvia.
Aquí un día, se quedó por siempre mi esperanza,
grabada sobre las tonalidades fucsias
del crepúsculo lluvioso de una inmaculada infancia,
mirando el firmamento desde mi ventana
en el patio de mi casa, lleno de naturaleza y pleno de luz.
JLReyesMontiel.
