Surcando las nubes
desde barlovento y hacía sotavento
sobrecogido del inmenso y azul mar caribe,
remontando por sobre los riscos
de las montañas andinas,
divisé una raza de hombres multicolores.
Su lengua, la del pueblo
que más amó a Cristo y a María su madre
haciéndola nuestra.
Su fama, la de liberar pueblos oprimidos.
Su historia, la forjaron héroes cuyas glorias,
amor y desprendimiento, solo podrán ser narradas
por un Cervantes y esculpidas por un Fidias
sobre mármoles refulgentes con letras de oro puro.
Con toda esa herencia,
se acrisoló en el tiempo el hombre universal
el prototipo hispanoamericano.
Pude observar sus pueblos y ciudades,
sus comarcas vegetales y sus tumultos de ríos,
bebí la pureza de sus aguas
y respiré el aire libre en sus montes.
La Tierra Madre se había deslastrado de toda inmundicia
y un hombre nuevo apareció sobre su faz.
No se conocían las guerras,
porque la más espantosa había acontecido
y sepultado aquella raza de hombres tenaces.
No había dolor, ni llanto, ni rechinar de dientes.
La vida florecía para darle la oportunidad
al nuevo ser humano, limpio, purificado, incólume,
libre y sin maldad.
JLReyesMontiel.
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